En el análisis estratégico, es habitual poner el foco en variables como el mercado, la competencia, el modelo de negocio, etc. Sin embargo, hay un factor que suele quedar en segundo plano y que, en muchos casos, define qué estrategias son viables y cuáles no: el estilo directivo. El estilo de conducción define:
- cómo se toman las decisiones
- qué nivel de autonomía existe
- cómo se gestiona el error
- qué comportamientos se validan
Es decir, toda estrategia trae implícitos ciertos supuestos:
- qué velocidad de decisión se requiere
- qué tipo de coordinación es necesaria
- cuánto margen de iniciativa se espera
Donde aparece la comunicación estratégica
La comunicación estratégica suele pensarse como un proceso posterior: primero se define la estrategia, después se comunica. Pero en la práctica, eso es insuficiente. Porque si la estrategia no es compatible con la lógica de conducción, no hay comunicación que la vuelva operativa. La comunicación estratégica, en este caso, cumple otra función: ajustar la decisión.
Estrategia y cultura no se ajustan después
Intentar implementar una estrategia sin considerar el estilo directivo y la cultura es en muchos casos forzar a la organización a operar de una manera que no le es propia. Y eso rara vez funciona. No porque las personas no puedan adaptarse. Sino porque los sistemas organizacionales tienden a sostener su lógica.
Una forma distinta de pensar la implementación
Si la estrategia depende de quién la ejecuta, entonces la implementación empieza en la definición. Empieza en el momento en que se diseña. Y ahí es donde la comunicación estratégica juega un rol central. No para transmitir. Sino para integrar la forma en que la organización piensa, decide y actúa dentro de la propia estrategia.
